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Brasil tras la caída del PT: la trayectoria del país de Lula a Bolsonaro

Después de más de una década al mando de Brasil, el PT fue vencido en las urnas. Conoce la trayectoria política hasta aquí y las principales apuestas de expertos para el próximo gobierno.

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Jair Bolsonaro es el nuevo presidente de los brasileños. Tras ser elegido con más de 55% de los votos el domingo (28), el militar va a comandar el país desde el 1º de enero de 2019. Su elección marca el fin de uno de los períodos electorales más importantes de los últimos 30 años.

El gran cambio que las elecciones brasileñas de 2018 suponen es, sin dudas, la derrota del Partido de los Trabajadores (PT), después de cuatro victorias consecutivas.

El partido estuve al mando del gobierno de 2003, tras la elección de Lula, hasta 2016, con la destitución de la entonces presidenta Dilma Rousseff.

Pese a la polarización que se ha convertido común en el escenario político del país, la cuestión que se presenta es ¿en qué medida la gestión del nuevo presidente militar va, de hecho, diferenciarse del gobierno del PT? Y incluso más, ¿qué factores explican la ascensión y la decadencia del Partido de los Trabajadores? ¿El nuevo presidente logrará realizar todo lo que ha prometido al mercado?

En esta materia, hacemos una retrospectiva de los principales aspectos controvertidos de la trayectoria del PT durante los años delante del gobierno de Brasil. Además, hablamos con el profesor de Ciencias Políticas del Centro Universitário Uninter, Doacir Quadros, sobre la gobernabilidad de Bolsonaro ante el Congreso Nacional.

El “Brazilian Dream”

“Nunca hemos sido tan felices”. La frase aparecía, en 2010, en la portada de la revista IstoÉ, una de las publicaciones semanales de mayor circulación en el país. En el Brasil de entonces, no parecía haber otro sentimiento que el optimismo.

El Producto Interior Bruto (PIB) creciera un 7,5% ese año, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), solo detrás de China (10,3%) e India (8,6%). La clase C, protagonista en la ascensión de 35 millones de personas a la clase media brasileña, experimentaba un poder de compra nunca antes visto.

La estabilidad económica de la década señalaba los resultados en la sensación de bienestar vivida por los brasileños. La crisis económica global de 2008, que presionó el PIB brasileño a una baja del 0,2% en 2009, no llegó a atingir directamente la población. A fin de explicar el escenario de crecimiento, es esencial recoger el percurso del país desde 2002.

El dicho año, el país experimentó un gran cambio político tras la elección de Luiz Inácio Lula da Silva, que asumió la presidencia en un escenario de desconfianza por parte del mercado. El posicionamiento del entonces candidato del Partido de los Trabajadores (PT) respecto al mercado justificaba la inseguridad: la propensión a causar calores en el Fondo Monetario Internacional (FMI), por ejemplo, se ha mencionado por él algunas veces a lo largo de su carrera política.

La tensión del mercado ante el “Efecto Lula” se alivió cuando el entonces presidente revisó su discurso y propuestas. El marco de su reposicionamiento fue la  “Carta al pueblo brasileño”, que se divulgó en 2002 para presentar un tono más moderado respecto a la economía. Tras su elección, Lula se reunió a un equipo económico de carácter técnico, ajustado al mercado e integrado sobre todo por el reconocido banquero y ejecutivo Henrique Meirelles. Poco a poco, la figura del sindicalista pasó a ceder puesto al político que logró obtener la confianza de los inversores.

El escenario de prosperidad se ha fomentado por una serie de razones. La combinación del boom de las commodities, del crecimiento de la industria y del incremento en el sector de servicios han producido, de hecho, indicadores económicos y sociales satisfactorios. Basado en estos índices positivos, las gestiones de Lula han pasado incólumes, incluso por un gran escándalo de corrupción involucrando la compra de votos de congresistas, el conocido “Mensalão”. Si bien el escándalo ha sido ampliamente difundido por la prensa entre los años 2005 y 2006, la maquinación no debilitó la popularidad del presidente, reelecto con más del 60% de los votos en 2006.

Las cifras de la primera década del siglo logran dar la dimensión del escenario que el país vivía. El desempleo, que en 2003 bordeaba el 13%, llegó a cerca del 6% en 2010. El salario mínimo creció un promedio del 9% al año entre 2003 y 2010. Programas sociales como el Bolsa Familia – que asigna una verba asistencial a familias de bajo ingreso- y el ProUni – que facilita el acceso de estudiantes de clase media a la enseñanza superior privada – llegaron a millones de brasileños. Como resultado de una economía recalentada, del gran poder adquisitivo y de políticas sociales sólidas, Lula ha dejado el puesto de presidente con una aprobación del 83%, la mayor de la historia de Brasil.

En 2010, imposibilitado de postularse otra vez a la presidencia, el líder del PT elige a la ex ministra de Minas y Energía y de la Casa Civil, Dilma Rousseff, como sucesora. Sin el carisma del padrino político, aunque heredera de un gobierno exitoso, Dilma es elegida en 2010 para dar continuidad a la trayectoria del PT al mando de Brasil.

Del optimismo a la crisis

Dilma Rousseff asume el país en un escenario de estabilidad, pero la bonanza heredada de las gestiones de Lula ya señalaban agotamiento. El primer mandato de la ex presidenta estuvo marcado por el crecimiento tímido de la economía. En 2011, el PIB creció el 2,7%, muy por debajo del 5,5% proyectado y el 7,5% de 2010. Los números siguieron amenos en 2012, registrando sólo un 0,9% de crecimiento. Una ligera mejora se registró en 2013: impulsado por el alza de las inversiones, el PIB experimentó un crecimiento de un 2,3%. En 2014, el crecimiento del 0,5% ya indicaba la recesión que vendría.

El recrudecimiento de la crisis económica en Brasil ocurrió especialmente a partir de 2015, producto de un gran desequilibrio en las cuentas públicas y una caída drástica en la recaudación del gobierno entre otros factores. El desajuste fiscal produjo un efecto dominó en la economía, pero para comprender los despliegues de la recesión bajo la legitimidad del PT, se hace necesario comprender algunos elementos esenciales.

El gobierno de Dilma Rousseff y, de cierta manera, todo el sistema político, fueron sorprendidos por grandes manifestaciones populares que tomaron las calles del país en 2013. Las “Jornadas de Junio”, cómo se conocieron las protestas, evidenciaron la insatisfacción de los brasileños con la mala calidad de los servicios públicos y con la falta de honestidad en la política. El gobierno de Dilma Rousseff, aunque no fuera el único blanco de las manifestaciones, fue relativamente sacudido por lo que sucedió, responsables de “reavivar” el debate político en una intensidad que desde hace mucho el país no experimentaba.

En el campo político, la deflagración de la operación “Lava Jato” en marzo de 2014 es otro punto clave para comprender el inicio del derrocamiento del PT. La investigación desmanteló una gran maquinación de blanqueo y desvío de capital de Petrobrás, la mayor empresa estatal del país. Los empresarios de diversos sectores y políticos de varios partidos fueron investigados y presos por involucrarse con la maquinación. La operación, que perduró hasta este año, alcanzó la imagen del PT.

Es en ese escenario que Dilma Rousseff es reelegida en 2014, en una difícil disputa con el candidato del PSDB, Aécio Neves. La victoria, sin embargo, no garantiza ninguna estabilidad a la candidata del PT: con pocos aliados en el Congreso, la ex presidenta se ve en medio de la mayor recesión económica de la historia del país y una crisis política prácticamente ineludible.

En 2015, la economía brasileña registra uno de sus peores desempeños. La caída del 3,8% del PIB integra la extensa lista de indicadores negativos del país en ese período: entre 2014 y 2016, el desempleo saltó del 4,8% de la población económicamente activa (PEA) al 11,5%, alcanzando más de 12 millones de brasileños. La inflación registró un 10,62% en 2016, el mayor índice desde 2002.

Sin gobernabilidad, con una gran crisis económica para solucionar y profundamente golpeado por los escándalos de corrupción revelados por la operación Lava Jato, el gobierno de Rousseff es puesto en jaque en un proceso de destitución motivado por la realización de “pedaladas fiscales”, mecanismo usado para mejorar artificialmente las cuentas públicas. Después de una crisis política que se prolongó por 2015 y 2016, Dilma es destituida de la Presidencia de la República, dando lugar al vice de su placa, Michel Temer.

El PT como oposición y las elecciones de 2018

El hecho de que Michel Temer sea de la placa de Rousseff puede ser considerado sólo un detalle. Esto porque, al asumir la presidencia, el actual jefe del Poder Ejecutivo Federal reorientó la política económica del gobierno federal, profundizando el ajuste fiscal y realizando cambios estructurales a los que el PT presentaba resistencia.

La primera iniciativa del gobierno de Temer fue la aprobación de la Enmienda Constitucional (EC) 95/2016, que limitó los gastos primarios del gobierno en el intento de controlar el déficit y viabilizar el pago de la deuda. La aprobación de la reforma laboral y otras medidas también contribuyeron al equilibrio de las cuentas públicas. Aunque tímido, el PIB de 2017 presentó un crecimiento del 1% después de dos grandes caídas consecutivas

La reforma considerada la más necesaria para ajustar las cuentas públicas, sin embargo, no ha salido del plan en el gobierno Temer: la de la Seguridad Social. La impopularidad del proyecto ha hecho con que los congresistas diesen marcha atrás en la votación en razón del período electoral. Y no es exagerado decir que la tensión del mercado en relación a la aprobación de las reformas fue central para las elecciones de 2018.

Al curso del período electoral, la predilección del mercado por Bolsonaro quedó más clara, ya que su plan de gobierno apunta con mayor precisión para la realización de las reformas de la Seguridad Social y tributaria, además de la privatización de las estatales, por ejemplo. El candidato del PT, Fernando Haddad, indicado por Lula para postularse a la Presidencia en su lugar, no llegó a agitar al mercado de forma clara sobre la aprobación de las reformas. El dólar, que llegó a R$ 4,19 durante la primera vuelta, cayó considerablemente cuando Bolsonaro despuntó como favorito a la Presidencia. Hoy electo, los desafíos son otros: logrará realizar lo que ha prometido al mercado?

Proyectos y gobernabilidad de Bolsonaro

Titular de una carrera política controvertida, marcada por declaraciones polémicas y, a veces, antidemocráticas, Jair Bolsonaro llega a la Presidencia de la República en un período de grandes expectativas.

En su plan de gobierno, el ex diputado asegura que las reformas estructurales y el ajuste fiscal serán prioridades. Si el PT se ubicaba a la izquierda en el espectro político- ya sea por la intervención más clara del Estado en la economía, o por la priorización de programas sociales – el gobierno de Bolsonaro representa el recrudecimiento de una orientación neoliberal en la economía. La privatización, por ejemplo, ocupa un lugar privilegiado en su plan de gobierno.

Para sacar esos proyectos del plan, sin embargo, el próximo presidente tendrá que construir su gobernanza en un Senado Federal y una Cámara de Diputados cuya formación es aún más fragmentada que la actual. Otros puntos, sin embargo, favorecen a Bolsonaro: el PSL, partido por el que se eligió, pasó de 8 diputados federales electos en 2014 a 52, el segundo mayor bloque de la Cámara a partir de 2019.

El profesor de Ciencia Política del Centro Universitário Uninter Doacir Quadros analisa que la próxima composición del Congreso Nacional está alineada en un espectro de “centro-derecha”, escenario positivo para el próximo presidente.

“Como partidos posicionados más a la derecha, estarían más cerca del propio programa de gobierno de Jair Bolsonaro. Y, por ser partidos de centro, tienden a ser más flexibles en relación a sus posicionamientos. De cierta manera, eso facilita la gestión de Bolsonaro”, afirma Quadros.

Para Cuadros, justo debido a esa composición, un eventual gobierno de Fernando Haddad tendría más dificultades para lograr una buena gobernanza. La existencia de afinidad política entre Bolsonaro y el Congreso Nacional, sin embargo, no retira la centralidad de la negociación entre el futuro presidente y los congresistas.

“Hay una necesidad muy grande de la habilidad por parte de Bolsonaro en conseguir hacer esas negociaciones, atender a los intereses de los partidos y al mismo tiempo atender a los intereses de su proyecto de gobierno”, analiza.

Cuadros identifica una atenuación en el discurso de Bolsonaro, estrategia central para la construcción de la gobernabilidad de cualquier presidente. “Es bien sabido que el discurso electoral es para ganar votos. Cuando se empieza la gestión, de hecho ese discurso tiene que ser adaptado frente a los diversos intereses que van a estar en juego. En un primer momento, entiendo que Bolsonaro ya está mostrando dicha atenuación en su discurso teniendo en cuenta que se hace necesario “, afirma.

¿Qué decir del comercio electrónico en este escenario?

Tras el período electoral, es natural que las tensiones del mercado se reduzcan. Como presentado en este artículo, la fluctuación del cambio en períodos electorales es esperada, ya que se trata de un momento de inestabilidad. Es probable que, con la elección de Bolsonaro, las previsiones se confirman y que el real se mantenga en la trayectoria de valorización en que está desde la primera vuelta de las elecciones.

En cuanto al programa económico de Bolsonaro, su posicionamiento favorable a las reformas estructurales, al control de gastos y al pago de la deuda, además de su probable gobernabilidad con el Congreso Nacional, apunta a un escenario de relativa estabilidad para el mercado brasileño. Hay que esperar para ver con qué rapidez logrará aprobar las reformas.

Ahora, además de la estabilización de la moneda y de los proyectos políticos propuestos para el país, cabe decir que el mercado del e-commerce en Brasil presenta un crecimiento continuo a lo largo de los últimos años. Incluso durante la mayor recesión económica del país, el número de consumidores digitales activos – los que hicieron al menos una compra virtual al año – subió de R$31,2 millones en 2013 a R$55,1 millones en 2017, según el estudio Webshoppers .

Y todo indica que crecerá aún más: en el primer trimestre de 2018, el comercio electrónico creció el 13,1% con respecto al mismo período del año pasado. Es decir, pese a las turbulencias políticas, el país sigue presentando un gran potencial de consumo y no hay razón para ser subvalorado por parte de las empresas internacionales.

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