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En 2019 la prueba electoral para gobiernos de izquierda en América Latina será en Bolivia

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*Este texto fue escrito por el politólogo Emerson Cervi, columnista del LABS. Los textos de nuestro cuadro de columnistas tienen el objetivo de informar a partir de diferentes especialidades y puntos de vista. Las opiniones contenidas en este texto no reflejan la posición del LABS o del EBANX.

Aún en este mes de enero, el día 27, Bolivia tendrá por primera vez la realización de previas a las elecciones generales. Militantes afiliados a partidos u organizaciones políticas podrán votar en los candidatos indicados por sus organizaciones. Las elecciones de hecho sólo ocurren en el mes de octubre. Previas y la posibilidad de tener un presidente reelecto para el mandato consecutivo en el período democrático son exclusividades de un gobierno que enfrenta las instituciones formales para mantenerse en el poder.

Los dos principales candidatos hasta ahora son el actual presidente, desde 2006 hasta hoy, Evo Morales, y el ex presidente de 2003 a 2005, Carlos Mesa. Esta mezcla entre disputa de poder con las instituciones formales para perpetuación en el poder y avances sociales por gobiernos de izquierda es una constante en los sistemas políticos latinoamericanos de principios del siglo XXI. Lo importante pasa a ser el punto de inflexión entre los avances sociales de gobiernos progresistas que combaten desigualdades culturales, sociales y económicas y la preservación de instituciones y sistemas democráticos.

Para entender la importancia de los gobiernos de Morales en Bolivia como representante del período de giro a la izquierda en América Latina y la posibilidad de retorno a un gobierno liberal, con discurso de derecha en el país, después de 15 años de políticas públicas socialmente responsables, a ver qué sucede en orden cronológico: así, será más fácil percibir los orígenes y puntos en común del caso boliviano con los demás países de América Latina que pasaron por un giro político en la década pasada (Venezuela, Uruguay, Argentina, Brasil, Paraguay, Ecuador, principalmente).

Todos ellos, exceptuando a Uruguay, que sigue manteniendo legitimidad institucional, y Venezuela, que cada vez menos presenta un sistema representativo legitimado institucionalmente, ya han pasado por el contra giro, eligiendo presidentes de oposición y sustituyendo políticas sociales progresistas por discursos conservadores y que priorizan recortes de gastos públicos como forma de responsabilidad fiscal.

En 2002 Evo Morales disputó la elección presidencial por primera vez, ya por el MAS, y su desempeño fue una doble sorpresa. La primera por haber conseguido quedarse en segundo lugar. La segunda por el MAS, un partido movimiento formado a partir de las bases de sindicatos de productores rurales, cocaleros e indígenas bolivianos. En aquel año fue elegido como presidente Sánchez de Lozada con una propuesta de derecha y liberalizadora en la economía.

Luego de su posesión, Lozada adoptó medidas que generaron inestabilidad social, ocasionando manifestaciones callejeras masivas y violencia policial para contener a los manifestantes. Pero lo que ha imposibilitado su gobierno fueron las medidas adoptadas para desnacionalización de la explotación del gas natural, principal riqueza del país. Así que el entonces presidente se aisló políticamente y fue retirado del cargo en octubre de 2003. En su lugar asumió el vicepresidente, Carlos Mesa, que volvió atrás en parte en las políticas liberalizadoras, no alteró el sistema estatal de explotación de gas y logró terminar el mandato.

En octubre de 2005, candidato por segunda vez, Evo Morales es elegido presidente de Bolivia, con un 53% de votos, para un mandato de cinco años, comenzando en enero de 2006. Hasta entonces no había posibilidad de reelección en Bolivia. En 2008 el presidente Morales propone un referendo revocatorio, una especie de recall electoral, y el congreso aprueba. Los votantes acudirían a las urnas en ese año para decidir si el presidente y los gobernadores electos en 2005 deberían continuar en sus cargos. Morales obtuvo el 67% de votos por la continuidad de su gobierno. Esto le dio fuerza para llevar adelante cambios políticos en el país, principalmente representados por la propuesta de reforma de la constitución que vendría a continuación.

Tras ser discutido en el parlamento, en 2009 el nuevo texto constitucional pasó por un referendo nacional y fue aprobado por la mayoría de la población. La nueva constitución dio más poderes a la mayoría indígena y formalizó el denominado estado plurinacional, que permite en el mismo territorio la existencia de más de una nación. Esta es la primera experiencia exitosa de institucionalización de las diferencias étnicas en un país latinoamericano. Hoy, formalmente, no existe una Bolivia, sino un Estado plurinacional que ocupa el mismo territorio.

Con el referendo constitucional aprobado, las políticas públicas de combate a la miseria y desigualdad cultural, económica y social avanzaron en el país. Bolivia era uno de los países más desiguales de América Latina. Paralelo a los avances sociales, la nueva constitución ha permitido una reelección consecutiva para el presidente de la república. Así, Evo Morales volvió a ser candidato por el MAS en 2010, reeligiéndose ese año con el 61% de los votos válidos.

Además, el congreso boliviano reconoció que el primer mandato de Morales, antes del referendo constitucional, no debería ser considerado para fines de reelección. Así, el entonces presidente podría volver a presentarse a un tercer mandato consecutivo en la práctica, en 2014. Eso fue de hecho lo que sucedió, y en aquel año Evo Morales fue nuevamente reelegido presidente de Bolivia con un 61% de votos válidos.

Sin embargo, así como en los demás países latinoamericanos, el gobierno progresista de Morales ganó opositores con los reflejos de la crisis económica de 2008 en el continente. Bajo la justificación de mantener las políticas de ganancias sociales, el presidente propuso un nuevo referendo en 2016 para que la población decidiera si Morales podría o no concurrir a un cuarto mandato en 2019. La población acudió a las urnas a principios de 2016 en medio de una campaña donde predominaron argumentos pro y contra la figura personalista de Morales y no sobre las políticas de gobierno.

Al fin y al cabo, el “no” ganó por un pequeño margen de votos, del 51 al 49 por ciento, lo que significa que los bolivianos optaron por no permitir a Morales un cuarto mandato. La derrota de Morales en ese referendo, la primera después de una década de victorias consecutivas, se dio principalmente por la oposición que el gobierno sufrió en los grandes centros urbanos. El “sí” venció con creces en áreas rurales y en el interior del país, mientras que el “no” tuvo gran ventaja en las capitales del Estado. Un contexto muy similar en la forma –  de los centros urbanos hacia el interior – y en el período temporal, después de 2015, del contra giro de gobiernos progresistas en países como Brasil y Argentina.

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A pesar del revés, Morales no se sintió rogado y decidió presentarse como candidato ahora, en 2019, sostenido por la interpretación del derecho previsto en el Pacto de San José, la convención estadounidense de los derechos humanos. El MAS presentó la candidatura de Morales y en diciembre de 2018 el Tribunal Superior Electoral de Bolivia la consideró legítima.

Así, Morales disputará las previas elecciones de 27 de enero de 2019, con el objetivo de obtener el máximo de fuerza de su militancia y legitimar su candidatura para las elecciones de octubre próximo. En total, son ocho candidaturas de partidos, coaliciones o movimientos sociales (permitidos en Bolivia) presentados a las previas de enero. En esa consulta votan sólo los votantes militantes, es decir, afiliados a un partido. Se espera que tras las previas, los candidatos con menor apoyo de sus militancias se reúnan para fortalecer campañas con mejor desempeño.

Si es reelegido y consigue asumir su cuarto mandato consecutivo, Morales no sólo será el presidente más longevo de la democracia boliviana, sino que estará en la presidencia por casi la mitad de todo el período desde la redemocratización tras el fin de la dictadura militar en aquel país, ocurrida en 1982. Todavía tendremos muchos eventos hasta las elecciones de octubre de 2019, pero en ese momento, el principal oponente de Morales es el ex presidente Carlos Mesa, presentado por la formación “Comunidad Ciudadana”, que se presenta como de centro derecha. Defiende el mantenimiento de algunas ganancias obtenidas en el período Morales, pero identifica excesos en políticas de defensas de minorías y, principalmente, apunta el crecimiento de la corrupción como uno de los problemas del período.

Además del punto muerto institucional interno causado por la permanencia de Morales en mandatos consecutivos, el remanente de gobiernos progresistas de América Latina en el siglo XXI enfrentará un problema externo en 2019 que puede desequilibrar la disputa electoral boliviana: se trata de la renegociación de los contratos de suministro de gas natural para Brasil. El país, vía Petrobrás, se ha convertido en uno de los mayores compradores de gas boliviano en la última década y el reordenamiento de la política energética del gobierno Bolsonaro debe “endurecer” las condiciones de negociación con el gobierno de Morales, lo que puede generar descontento con su administración.

De cualquier manera, uno de los últimos remanentes de los gobiernos progresistas latinoamericanos de principios del siglo XXI enfrentará en las campañas electorales de 2019 su mayor desafío en más de una década. Tendrá que convencer al elector boliviano de la necesidad de continuidad de Morales, derrotar las alternativas más a la derecha dentro del país y combatir a los gobiernos opositores de países vecinos que hasta entonces fueron sus socios, especialmente Brasil.

Una derrota de Morales o la imposibilidad de asumir el mandato en 2020, abriría espacio para dos alternativas políticas. La primera, que hoy tiene mayor densidad electoral, es el regreso de Carlos Mesa a la presidencia, con un gobierno de centro derecha, haciendo reformas y sustituciones en las políticas sociales actuales, pero manteniendo la base institucional de la plurinacionalidad.

La otra, hoy con poca expresión electoral – pero que puede crecer hasta octubre – es la llegada al poder de algún líder outsider con discurso populista de derecha, contra las instituciones y con predominio de propuestas en el campo de la moral, como el combate a la corrupción. De una forma u otra fue lo que sucedió en todos los países latinoamericanos que tuvieron sus ciclos de gobiernos progresistas interrumpidos legítimamente en procesos electorales en los últimos cinco años.

A ver lo que sucede el 27 de enero, en las previas; después, veamos cómo será la renegociación de los contratos de gas entre los gobiernos de Morales y Bolsonaro; y por fin, veamos cuál será el tono predominante en la campaña, si más moralista o no. Esas son las claves para entender el crecimiento o caída de los principales líderes políticos bolivianos en las elecciones de 2019.

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